Por Clarisa Vittoni
En LAIA seguimos explorando cómo distintos perfiles profesionales se apropian de Calíope y qué usos imaginan con una interfaz diseñada no para escribir por las personas, sino para acompañar procesos de pensamiento y escritura a través de preguntas. Desde principios de 2025, organizamos jams y talleres de escritura con escritores, lingüistas, periodistas, docentes e infancias. Esos encuentros nos permitieron observar las formas en que cada comunidad se relaciona con la escritura, las expectativas que deposita en las herramientas de inteligencia artificial y las posibilidades que encuentra para incorporarlas a sus prácticas.
En este caso, junto al grupo de investigación Filo del cordón de la Universidad Nacional de General Sarmiento, organizamos lo que dimos en llamar una “filosofatón” en nuestra sede e invitamos a filósofas, docentes de filosofía e investigadores a experimentar con Calíope. La propuesta tomó como inspiración el formato de las hackatones, encuentros habitualmente orientados a resolver problemas. Pero decidimos invertir esa lógica. No nos reunimos para solucionar nada, queríamos generar más preguntas.
Cada vez que realizamos actividades con Calíope, nos ocupamos especialmente de pensar la consigna inicial. La planteamos siempre como una sugerencia, una puerta de entrada entre tantas. Buscamos que funcione más bien como un estímulo para conocer la interfaz y romper con la inercia de la hoja en blanco que todavía sostiene Calíope. Esta vez propusimos redactar una historia breve que incluyera una pregunta incómoda: una pregunta capaz de interrumpir una certeza o habilitar una duda difícil de resolver. Nos interesaba observar qué ocurría cuando profesionales habituados a trabajar con problemas conceptuales e interrogantes complejos se encontraban con una interfaz que, en lugar de ofrecer respuestas, insiste en preguntar. Luego de esa primera exploración, trabajamos sobre posibles usos pedagógicos de la herramienta. Los participantes diseñaron roles, imaginaron actividades para sus clases y discutieron estrategias para incorporar este tipo de tecnologías en contextos educativos.
En el intercambio final, surgieron observaciones sobre la tendencia a esperar que las tecnologías resuelvan tareas de manera inmediata. Calíope permitió poner en cuestión esa lógica y explorar otras temporalidades para el pensamiento y la escritura. A su vez, varios participantes señalaron la intensidad de sostener un intercambio construido a partir de interrogantes y el modo en que ciertas preguntas lograban abrir líneas de reflexión inesperadas. Debatimos también sobre la importancia de preservar el protagonismo de la escritura propia. En lugar de delegar la producción textual, la interacción con Calíope pareció reforzar la necesidad de que quien escribe siga ocupando un lugar activo en el proceso.
Conversamos, además, sobre la necesidad de mantener una mirada crítica sobre los modelos de lenguaje. Algunas pruebas realizadas durante el encuentro permitieron detectar sesgos y discutir las limitaciones que todavía presentan estas tecnologías, una dimensión indispensable para cualquier incorporación significativa en contextos educativos. También surgieron en el intercambio ideas de aplicación concreta en el aula: desde la escritura literaria y filosófica hasta la creación de personajes conceptuales, la construcción de diálogos con autores, el diseño de experiencias de aprendizaje basadas en problemas y la producción colectiva de textos.
En un momento de la jornada, uno de los participantes resumió la experiencia con una frase que nos acompañó durante el resto del encuentro: “Vine con un problema y me llevé dos”. Entre risas, confirmamos que el objetivo de la filosofatón estaba cumplido. Si hay algo que seguimos aprendiendo en cada una de estas experiencias es que el valor de Calíope no reside en acelerar la producción de respuestas, sino en crear condiciones para que aparezcan nuevas preguntas. Y en ese sentido, la conversación con profesionales de la filosofía resultó especialmente fértil.
Agradecemos a Ángela Menchón y el equipo de Filo del Cordón, a miembros de RLAB, a Juan Pablo Sabino y colegas de la Maestría en Estudios Interdisciplinarios de la Subjetividad de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, a Denise Najmanovich y a todas las personas que participaron del encuentro por sus aportes y devoluciones. Seguimos entendiendo estas experiencias como espacios de aprendizaje y diseño colectivo, en los que los potenciales usuarios de las tecnologías sean partícipes del proceso de desarrollo.