De la encíclica papal a la urgencia por construir infraestructuras comunitarias.
Por Martín Szyszlican
En el encuentro de Corte Programado de LAIA del lunes 8 de junio, un formato de trabajo colectivo, tomamos la propuesta de leer el capítulo 3 de la Magnifica Humanitas párrafo a párrafo y comentarlo en grupo, en base a la versión anotada que Margaret Mitchell publicó en Hugging Face. Marcela Basch nos aportó una tesis del lingüista Émile Benveniste: no somos humanos porque hayamos creado el lenguaje, somos humanos porque el lenguaje nos vino puesto. Por eso importa quién decide hoy qué se puede decir. Quien arma el corpus que entrena a las máquinas con las que hablamos está fijando los límites de lo decible. La soberanía cognitiva empieza ahí.
En mayo de 2026, el papa León XIV usó la misma metáfora que Emily Bender y Timnit Gebru habían publicado cinco años antes en un paper que marcó el debate académico sobre IA generativa: la inteligencia artificial es un loro que predice sin comprender.
El párrafo 99 de la Magnifica Humanitas lo dice casi con esas palabras: los sistemas de IA “no son capaces de comprender el significado de las palabras que generan, sino que las ensamblan a partir de vastas cantidades de datos estadísticos”. Probablemente el Papa no haya leído el paper, pero sí lo haya hecho Paolo Benanti, teólogo franciscano y asesor en IA del Vaticano, quien fue el puente entre esa crítica académica y la doctrina.
Mariana Ferrarelli señaló en su lectura de la encíclica que la Magnifica Humanitas y el Manifiesto Palantir hablan de poder, no de tecnología. Tiene razón. Y lo que sigue en la encíclica nos permite hablar del cuerpo del loro, de esa materialidad que consume recursos.
En el párrafo 101, la encíclica nombra el costo ambiental de la IA: energía, agua, residuos electrónicos. En los párrafos 108 y 109 nombra a los trabajadores que anotan datos y filtran contenido violento sin acompañamiento psicológico, invisibles por diseño. La investigadora argentina Milagros Miceli, del DAIR Institute, lleva años documentando estas condiciones desde adentro con su proyecto Data Workers’ Inquiry, donde los trabajadores de datos no son objetos de estudio sino co-investigadores. Los centros de datos se instalan donde el agua es barata y la regulación escasa. La región aporta el territorio, el agua y el trabajo que hacen posible la industria, pero produce menos del 5% de los datos de entrenamiento de los grandes modelos. En Querétaro, México, activistas que se opusieron a la perforación de pozos para abastecer los servidores fueron criminalizados y torturados; se está haciendo muy difícil investigar cuánta agua consumen estos centros. Otro ejemplo más cercano, Google está construyendo un datacenter gigante en Uruguay, donde ya se demostró que las islas de calor que generan los datacenters de Antel se ven desde el espacio. El loro no vuela en la nube: bebe nuestra agua y sobrecalienta nuestro aire.
El párrafo 107 dice que “moralizar la máquina” no alcanza si quienes deciden qué es moral son los mismos que construyen el sistema. Pone el problema de la alineación al nivel corporativo, no algorítmico. Anthropic, el laboratorio de IA que dice querer alinear el comportamiento de sus modelos, con su método de Constitutional AI participó en la presentación de la encíclica. El 25 de mayo, Chris Olah, cofundador de Anthropic, presentó la Magnifica Humanitas junto al Papa. Sin embargo, el texto papal refuta ese método sin nombrarlo, mientras la foto de la presentación los alía. A eso la prensa ya le puso nombre: pope-washing.
En la sesión del lunes de Corte Programado participó Sandro Rojas, un teólogo invitado especialmente para la ocasión, que nos explicó los párrafos 129 y 130. Estos comparan la construcción de la torre de Babel con la reconstrucción de los muros de Jerusalén. En la torre de Babel vemos la hybris de querer ocupar el lugar de Dios pero, al desconocer a la divinidad como principio ordenador, la comunicación colapsa y se vuelve imposible. En cambio, la reconstrucción bíblica de los muros de Jerusalén es un proyecto comunitario y local, donde todos se apropian de los objetivos. Se parece más a la forma en que aspiramos a practicar la sociocracia en LAIA.
La contracara práctica de las IAs corporativas y los datacenters gigantes es no depender de máquinas ajenas para pensar y hablar. Correr modelos en infraestructura propia y comunitaria es una palanca local, concreta y a nuestro alcance.
Desde LAIA estamos promoviendo esa discusión: el miércoles 17 de junio nos juntamos en formato híbrido a compartir experiencias implementando LLMs locales como práctica comunitaria de soberanía tecnológica. La convocatoria está abierta.
Martín Szyszlican es director de tecnología en abrimos.info y miembro de la cooperativa Sutty. Lleva varios años usando e investigando inteligencia artificial y unos meses escribiendo sobre el tema. Este es su primer texto para LAIA, basado en las ideas de su artículo “Loros de silicio”.