Por Sebastián Adúriz
Hace poco di con el prólogo que Inés Fernández Moreno le escribió a su padre, el poeta César Fernández Moreno. Aparece en la reedición de Argentino hasta la muerte por parte de Ediciones del Dock en 2019. No tiene más de dos páginas y se titula “Un argentino de vuelta”. Mientras lo leía, pensaba en posibles contactos con el taller de escritura híbrida que a principios de 2026 coordinamos en LAIA.
Inés cumple con lo esperable en estos casos: sitúa al autor y su obra, ofrece claves de lectura, define su poética. Pero hace más y se nota desde el inicio, porque arranca así: “Aparte de sus cartas, tal vez sea en Argentino hasta la muerte, donde me encuentro de forma más cercana, más vívida, con mi viejo”. Y, entre convenciones del género, sigue avanzando por ese camino más personal: cuenta anécdotas en el zoológico de Bruselas o recuerda a su padre deambulando solo por la ciudad, al final de su vida, sintiéndose un personaje de Zama, la novela de Di Benedetto que admiraba.
En este camino, me gusta cuando Inés se mete con el estilo poético de la obra porque sigue haciendo mezclas: ofrece su propia versión ‒‒discreto énfasis emotivo‒‒, la del padre ‒‒poesía de grano grueso‒‒ y la de la crítica ‒‒conversacional‒‒. Y al final postula un modo de entender toda la obra: “yo lo veía vivir poéticamente y escribir de lo que vivía.”
Al terminar la lectura, este prólogo de tantos registros, esta mezcla de semblanza íntima y guía de lectura, nos ofrece una visión más abarcadora, más profunda de lo que estamos por leer. Probablemente, la propia Inés lo formule mejor que nadie: “Nada de vida y obra, esa división tan didáctica, mejor sumergirse en esa zona apasionante donde uno percibe cómo se amalgaman.” Por lo que cuenta y por cómo está escrito el prólogo, irradia sentido en esa zona de encuentro.
Amalgamas de escritura con y sin IA
En el taller de LAIA, tratamos también de sumergirnos en zonas parecidas y apostamos a la mezcla, a nadar en el entre. En nuestro caso, la zona de encuentro que quisimos experimentar fue la de la escritura con IA y la de la escritura sin ella.
Armamos un recorrido que fue de la escritura cercana, hecha a mano, puramente humana, a una escritura distante, planificada, mediada por el diálogo con las máquinas. Y después volvimos: terminamos jugando a las asociaciones de significados con un juego de cartas. La hipótesis era que ese tránsito pudiera producir una experiencia ampliada, parecida a lo que sucede con el prólogo de Fernández Moreno. Por suerte, mucho de todo esto emergió, según las devoluciones que obtuvimos de quienes vinieron.
Esas mezclas tuvieron inevitablemente ‒‒o quizás mejor, saludablemente‒‒ sus momentos de fricción.
La primera, más evidente, fue la de velocidades: la IA ofrece en segundos lo que a una persona le llevaría horas, a veces días, decantar. Lo opuesto a esas frases que ensayamos, reescritas al ritmo de nuestras dudas o de lo que intuimos verdadero. Si las máquinas devoran la demora, la zona donde muchas veces vive lo propio, ¿cuándo acelerar y cuándo demorar, entonces?
Otra fricción fue, justamente, esa lucha por el dominio. ¿Quién obedece a quién? ¿Cómo evitar quedar presos del bucle en el que, sin que nos demos cuenta, puede meternos la IA? Un bucle alimentado de estas promesas de alivio y productividad, y también de estructuras previsibles y estilos simétricos, de ideas surgidas de las probabilidades de los tokens, sensatas sólo en apariencia. El taller tuvo algo de ensayo de resistencia, en este sentido. Sobre todo, cuando usamos Calíope, la interfaz que creamos en LAIA, que no escribe, pero ayuda a hacerlo con preguntas.
Pero lo que más me gustó del taller, igual que en el prólogo, fue la sensación de bracear por zonas un poco indeterminadas como las que aparecen con estas mezclas. Ver qué ocurría al nadar en la tensión de apurarnos o demorarnos, de armar estructuras y desacomodarlas, de meter cada uno sus propios zoológicos de Bruselas donde nadie los espera.
Nademos en el entre
Vuelvo entonces a esa intuición del prólogo: no separar, no ordenar en compartimentos lo que en la experiencia aparece mezclado. Vida y escritura amalgamadas. Tal vez ahí haya una pista también para pensar la IA en su relación con la escritura.
No pensarla como una amenaza, ni tampoco como una herramienta neutral, sino como parte de ese territorio incierto en el que ya nos movemos. Un territorio donde conviven la demora y la inmediatez, lo íntimo y lo calculado. Así que, ¿qué hacemos? ¿Seguimos intentando separar aguas o nos zambullimos y aprendemos a nadar en ese entre?
Sebastián Adúriz coordinará próximamente el “Taller de escritura híbrida (3ra edición, virtual): ¿de qué se trata escribir hoy?” Inicio: 5 de agosto. Informes e inscripción, aquí.