Por Florentina Guaita
El pasado miércoles 5 de agosto estuvimos en el campus de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). El pretexto fue hermoso: la invitación de las colegas del Centro de Estudios de Lenguaje en Sociedad (CELES) para participar del II Workshop “Inteligencia artificial: perspectivas lingüísticas y aplicadas sobre retos y oportunidades”. En este encuentro, junto con Clarisa Vittoni compartimos el escenario de la mesa redonda de iniciativas para presentar a nuestra “criatura”, Calíope: una interfaz generativa que te acompaña a escribir.
Pero más allá de contar lo nuestro, lo enriquecedor de estos encuentros es el cruce. Escuchar qué están pensando y haciendo otras personas que, como nosotras en LAIA, se sienten “igualadas en la perplejidad” ante el avance de la IA, pero eligen actuar con criterio en lugar de esperar a ver qué dicen desde Silicon Valley.
La mesa de iniciativas fue un reflejo de esa búsqueda. Compartimos el espacio con dos proyectos muy interesantes, en una mesa que estuvo moderada por Paula Salerno. El debate abordó la tecnología desde lugares muy distintos pero con una misma urgencia: la soberanía lingüística y metodológica.
La voz de la isla: el traductor Rapa Nui y los datos soberanos
La mesa arrancó con la experiencia del proyecto VOCES, presentado a distancia por Jackeline Rapu (presidenta de la Academia de la Lengua Rapa Nui), Carlos Aspillaga (investigador de CENIA) y Francisca del Valle Denegri (investigadora de Estudios Aplicados UC).
A partir de la necesidad de la comunidad de herramientas para la preservación de la lengua, desde la Academia imaginaron un traductor automático. Pero, ¿cómo se hace un traductor para una lengua con muy poco registro escrito y cuya vitalidad reside sobre todo en la oralidad?
No hay dataset para entrenar un modelo porque esos datos simplemente no existen. El equipo de VOCES empezó entonces un trabajo intercultural de co-creación junto a la comunidad para generar, desde cero, unas dos mil frases iniciales grabadas, traducidas y validadas en el territorio.
Uno de los momentos más interesantes de la charla que se armó en la UNSAM fue la pregunta por la propiedad de esos datos. En un ecosistema donde las corporaciones extraen nuestra información sin pedir permiso, desde CENIA decidieron materializar la soberanía entregando discos físicos con todo el material registrado a la comunidad Rapa Nui. Para que quede claro que los datos, la lengua, son de la comunidad. Por supuesto, quedan preguntas sobre cómo asegurar que eso sea realmente así; en especial cuando aparece el dilema de cuánto abrir y cómo usar esa información.
EmoParse o cómo meter un modelo adentro de tu escritorio
Después fue el turno de Alex Colman, lingüista de la UBA, quien presentó EmoParse, una herramienta pensada para automatizar el análisis emocional de los discursos utilizando marcos teóricos del análisis lingüístico.
Alex contó un recorrido que puede sonar familiar: quería usar APIs comerciales y pagas para analizar grandes volúmenes de texto (como discursos políticos o posteos en redes), pero las cuentas de su presupuesto de investigador no daban. Eso lo llevó a meterse en foros y comunidades para preguntar cómo podía correr modelos de lenguaje más chicos de forma local. Así logró armar el entorno para correr la herramienta directamente en su computadora de escritorio.
Después, lo que había empezado como limitación económica terminó convirtiéndose en un hallazgo metodológico. Para hacer ciencia reproducible, no se puede depender de modelos comerciales cerrados cuyas respuestas cambian de un día para el otro sin aviso. Correr un modelo abierto de manera local garantiza que las condiciones de experimentación se mantengan estables y obtener resultados científicos.
Calíope y el tiempo para dudar
En ese marco de tecnologías situadas y domésticas, nosotras presentamos a Calíope. Explicamos que, a diferencia de los chats comerciales que resuelven el texto en un segundo alimentando la “hoja llena” y la delegación cognitiva, Calíope replica la clásica hoja en blanco de un procesador de textos tradicional. No escribe por vos, su única función es leer lo que venís redactando y, cuando apretás un botón de consulta, devolver solo tres preguntas para destrabar el proceso creativo, evitando halagos y resolver el texto de forma automática.
Como escribimos junto a Mariana Ferrarelli, “reinstalar el valor de la pregunta implica recuperar el tiempo de la duda, de la lentitud y de la construcción colectiva”. Calíope es un espacio desde el cual defender el “pensamiento demorado” frente a la tiranía de la inmediatez.
La jornada en UNSAM nos mostró que, como ya sabíamos, no estamos solas en esta perplejidad. Hay una red de personas y colectivos decididos a que la inteligencia artificial hable nuestro idioma, respete nuestros tiempos y no nos desplace de la creación. Tal vez sea cuestión de generar más encuentros como este.