Por Marcela Basch

Tengo una noticia buena y una mala. La mala es que la IA ya se quedó con nuestros trabajos, tal como solían ser. La buena es que la IA ya se quedó con nuestros trabajos, tal como solían ser. 

Not with a bang, but with a whimper (no con una explosión, sino con un gemido), como decía T.S. Eliot que sería el fin del mundo: así es como la IA está cumpliendo la profecía tan temida..

No es de un día para el otro, no es que llegás y está el robot sentado en tu escritorio. Es que llegás y el robot, o para el caso el fantasma del robot, con el que coexistís, hace que puedas hacer más cosas, más rápido. Es cierto que hay una brecha entre ese “poder” y el subsecuente “tener que” hacer las cosas más rápido, pero es corta (más o menos corta, según la industria, el sector, la organización). 

Y entonces acá estamos: por un lado, en el alivio de poder delegar ciertas tareas rutinarias y repetitivas en asistentes que no se enojan ni se cansan. Pero, por otro lado, en la presión de tener que hacer más cosas, más rápido. Entre ellas, dirigir al robot. Entonces, eso que era tu tarea quizás ya no lo sea; pasaste a supervisarla. Aunque quizás te gustara tu tarea, ahora la mirás de más lejos: le das la instrucción al robot, chequeás (con suerte) la respuesta, corregís, ajustás, volvés a empezar. Esto te obliga a tomar más conciencia de los pasos del proceso, y a pensar mejor en por qué y cómo hacés lo que hacés. En algún sentido, te especializaste. ¡Felicidades! Ascendiste. Feliz día del supervisor.  

Pero esta secuencia de prompteo, verificación, ajustes e iteración en general no siempre es un proceso calmo: más bien, suele ser un proceso ansioso. Tendrías que estar haciéndolo más rápido (y mejor). Y donde entra la ansiedad sale el disfrute, y el orgullo, y queda la presión vacía. 

Y entonces, como tenés la “ayuda” de la IA, que podría -te dicen, o a veces ni hace falta que te lo digan porque está en el aire- reemplazar también en breve las tareas de supervisión que estás ejerciendo, parece lógico que tu salario sea cada vez menor: es una simple cuestión de oferta y demanda. Hace poco escuché esta frase en boca de un ejecutivo de una empresa de medios: “Los salarios no los fijo yo, los fija el mercado”. Y el mercado, inundado de IAs y de gente desesperada por trabajar, va a la baja. Cada vez se paga menos. Por lo menos en algunos rubros, como de la producción de contenidos, que este ejecutivo calificó como sectores con “tasa marginal de ganancia decreciente”: a medida que pasa el tiempo, dan menos plata. Cosa que, por otra parte, según Marx sucede y sucederá con el capitalismo todo, donde el aumento de inversión en maquinaria o infraestructura lleva a menor inversión en la fuerza de trabajo (humana).  De hecho, Axios reportó este domingo que muchas empresas ya están gastando más en desarrollo de IA que en sueldos para personas.

Y si en ese trabajo que te gustaba, te identificaba y te definía, cada vez te pagan menos, resulta lógico que de a poco le vayas restando horas -y energía, y cabeza- para multiplicarte en otros puestos que quizás te gusten menos pero te paguen mejor. Ahora sos una persona de profesión diversificada. Y de tu trabajo original, una parte -al menos en valor, al menos en carga horaria- se la quedó la IA. Como si se sentara con vos en tu escritorio y empezara a empujarte despacito, disimuladamente, a caderazos. 

Entonces es un gemido, no una explosión. Somos las ranas a las que hierven despacito. ¿En qué momento me va a reemplazar el robot? Decímelo que lo rompo a trompadas. 

Pero me temo que es tarde: ya pasó. Ya estamos en esta. Ya somos cada día más prescindibles, empujados por ejércitos de reserva humanos y no humanos, de los que no se cansan ni se enojan ni protestan (ni se destruyen con facilidad).

En su artículo “Más allá de la recapacitación: La negociación colectiva como clave para una transición justa hacia la IA en el trabajo”, publicado en Inteligencia artificial en la educación y el trabajo (Ed. Magro, 2026), la economista argentina Sofía Scasserra argumenta que la automatización “no es un destino predeterminado sino una construcción social mediada por decisiones humanas”. “La recapacitación, aunque necesaria, resulta insuficiente como respuesta única al desafío que plantea la IAG en el ámbito laboral”, asegura, y sostiene que “sólo mediante procesos de negociación colectiva de la implementación tecnológica pueden garantizarse transiciones justas que beneficien tanto a trabajadores como a empresas”. Colectiva, una palabra interesante. Porque lo más común es angustiarse en soledad ante el caderazo -culazo- del robot. 

Esa es la mala noticia. Pero también había una buena, y es esa misma: tenemos tremendas posibilidades entre manos. Mucho para pensar, soñar, proyectar.  

Las IAs están acá, y -como los autos, como las ciudades, como internet, como la escritura misma: como toda tecnología- es promesa y amenaza. Lo único irrefutable es que toda tecnología nos cambia la vida. El punto es cómo, y qué chances tenemos de moldear ese cómo. En palabras de Scasserra: “La pregunta fundamental no es si la inteligencia artificial reemplazará trabajos humanos, sino si seremos capaces de construir mecanismos institucionales que aseguren que esta poderosa tecnología sirva efectivamente al bien común.”

Recién estamos empezando a vislumbrar todo lo que podemos hacer con la IA generativa. Como herramienta de trabajo, de arte, de educación, de participación, de exploración, de disfrute. Y también, cómo nos (re)define: qué lugares podemos ocupar, cómo podemos reinventarnos en asociación con este gran poder que inventamos.