Por Florentina Guaita

¿Para qué sirve la memoria? ¿La IA tiene memoria? ¿Se pueden inventar recuerdos?

¿Dónde guardamos lo que vivimos? ¿Nuestra cabeza funciona igual que una base de datos? En el último encuentro de Mini LAIA, el 19 de abril, nos juntamos a explorar la memoria y a preguntarnos qué partes de nuestra historia le podemos confiar a una máquina, a partir de una idea que tomamos del libro Curiosidad extrema, de Melina Furman.

Empezamos bien de cerca, con el cuerpo y los sentidos. Pusimos a prueba nuestra propia capacidad con un juego completamente analógico: un montón de objetos sobre la mesa para ver cuántos podíamos recordar sin ayuda.

A partir de esa primera actividad, nos preguntamos por los distintos inventos que nos pueden ayudar a registrar los recuerdos. Mencionamos viejas tecnologías como la escritura y enseguida nos pusimos a hablar de las fotos, y su rol ambiguo en relación a la memoria: no hubo consenso sobre si recordamos más cuando capturamos los momentos o si fotografiarlos hace que prestemos menos atención. Hablamos de dónde se guardan y cómo se cuidan las fotos, las de papel y también las digitales. Miramos álbumes de fotos de los de antes, y ese fue el pie para pasar a la segunda parte.

Después de charlar sobre las fotografías, intentamos construir un álbum de fotos asistido por IA. Para eso usamos Vocolore, un desarrollo de Laia que cruza reconocimiento de voz y generación de imágenes para crear dibujos que se imprimen listos para colorear. Fue un proceso casi mágico: sin pantallas de por medio, le contamos recuerdos al micrófono y obtuvimos imágenes que salían directamente a la impresora.

Pero ahí apareció el desafío. Algunos recuerdos salieron increíbles, pero otros… bueno, la máquina no nos entendió, o nos devolvió imágenes que no se parecían en nada a lo que teníamos en la cabeza. El ejemplo más ridículo y gracioso: cuando le pedimos un atardecer (un recuerdo de vacaciones en la montaña), la máquina entendió “atar de ser”, y dibujó una bolsa con un nudo flotando en el cielo.

En lugar de frustrarnos, aprovechamos para recuperar el control sobre nuestros propios relatos: agarramos los lápices y completamos con dibujos lo que la IA no pudo captar. Así nos aseguramos de que el álbum guardara nuestros verdaderos recuerdos, para dejar patente que, aunque la tecnología nos acompañe, el sentido final siempre lo ponemos nosotros.