Todo llega. Después de participar en decenas de hackatones, por fin organizamos la nuestra: el 23 de mayo nos dimos el gusto de tener nuestra primera hackatón de LAIA, en nuestra sede de Villa Ortúzar. Una veintena de personas nos agrupamos en cuatro equipos para trabajar durante todo el día en proyectos de impacto social, y de paso conocernos, aprender unas de otras, charlar. 

Una hackatón es una jornada de trabajo colaborativo que involucra alguna capa de software, pero también muchas otras no necesariamente técnicas, o relacionadas con otros saberes. El nombre es una palabra-valija (un portmanteau, decía Lewis Carroll, en referencia a un bolso con dos compartimentos) que une “hack”, de hackear, una acción asociada al uso creativo de herramientas informáticas para fines impensados o autónomos, y “maratón”, las carreras griegas de 42 kilómetros. Porque las hackatones, como las maratones, también son ejercicios de resistencia. Y también van lejos: el objetivo es crear, en una sola jornada, algo que funcione, o al menos un prototipo de algo que funcione, como para poder mostrarlo y seguir desde ahí. Una meta, digamos, aunque sea intermedia. 

La primera hackatón, según recoge la Wikipedia, fue organizada por el sistema operativo de software libre OpenBSD en Calgary, Canadá, el 4 de junio de 1999. Es decir, hace 27 años. En la Argentina, esta práctica se popularizó a principios de la década pasada. La Media Party, la conferencia de innovación y periodismo más grande del mundo, nacida y criada en Buenos Aires, las celebra aquí desde 2013. Y fue justamente en la hackatón de la última Media Party, en octubre de 2025, que nació nuestra LAIAtón. Nació del premio, porque nuestro equipo ganó con Diggity, un proyecto para automatizar métricas de calidad periodística, pero también de la manjia que nos quedó de ver cuántas cosas pasan cuando personas bien distintas se arremangan con un mismo objetivo.

Cuando nos preguntamos qué hacer con el premio de Media Party, la idea de reinvertirlo en nuestra propia hackatón nació enseguida: nos pareció que multiplicar la manija era lo más adecuado. Y una de las alegrías más grandes fue comprobar, en la charla inicial, que para la mitad de las personas reunidas era su primera hackatón. No la última, esperamos.

Cuatro equipos para una LAIAtón: accidentes, métricas, nombres, barrios

Después de la breve charla de presentación, vino el momento de los pitches, donde las personas que habían llegado con algún proyecto o idea los presentaron al resto. Así nos organizamos en cuatro equipos. Tres de ellos ya tenían algún antecedente de trabajo: Diggity venía de la hackatón de Media Party; El accidente de la verdad, de un trabajo compartido entre el Tecnoceno Lab, LAIA y la Universidad de Granada con datos de la OCDE; y Barrio Vivo, de una colaboración en otro entorno. El cuarto proyecto, El generador de nombres, nació en la LAIAtón.

El primer tramo se dedicó a definir el alcance del trabajo en esa jornada; los mentores de LAIA, David Coronel y Hernán Ordiales, recorrieron los grupos sugiriendo procesos y enfoques orientados al prototipado rápido de soluciones. Tomando como herramienta central el vibe coding -codear con ayuda de los modelos de lenguaje, a partir de instrucciones en lenguaje natural-, cada equipo hizo sus primeras pruebas hasta que llegaron las empanadas. Fue momento entonces de almorzar al sol y hacer un poco (más) de networking; lo que antes llamábamos charlar.

Después del almuerzo hubo otro tramo de trabajo intensivo hasta las 17. A esa hora los equipos se apuraron a redondear los logros de la jornada y plasmarlos en una demo o presentación. Todo lo trabajado se guardó en repositorios abiertos.

Los cuatro equipos mostraron avances y aprendizajes. A la hora de votar un ganador, el proyecto elegido fue Nome, el generador de nombres liderado por Maik Slipczuk, que busca compartir saberes y estrategias de la comunidad trans a la hora de elegir un nombre representativo. ¡Gracias por venir a este primer LAIAtón, y que sean muchos más!!